El periodista, el mar y la esencia del ser caribe

El periodista, el mar y la esencia del ser caribe

Por: Redacción revista Visión Total Caribe
Fotos: Cortesía.

El entrevistado de esta oportunidad no requiere de presentación. Su nombre basta. Con él crecieron varias generaciones de radioescuchas. Su cultura, su sapiencia, esa forma natural de imprimirle a la palabra la precisión casi matemática, su elocuencia y su capacidad de análisis hacían que escuchar el noticiero que él dirigía fuera casi un gusto, a pesar de la cruda realidad que, entonces y ahora, nos abruma.

Para celebrar su primer año, la revista Visión Total Caribe entrevistó a uno de los grandes decanos del periodismo en Colombia y eximio representante caribe: Juan Antonio Gossaín Abdallah.

Usted es un hombre que aprecia la sencillez, pues prefirió retirarse en la cúspide de su carrera, para poder jugar con sus nietos y tener la posibilidad de sentarse frente al mar a disfrutar los atardeceres ¿será que el hombre de hoy se complica demasiado la vida?
Esto parece hecho a propósito: aquí están mis nietos conmigo. Ayer llegaron de vacaciones y el mar lo tengo allá al otro lado de la ventana (señala al otro extremo de la estancia).

Yo he aprendido, la vida me ha enseñado, que la verdadera libertad consiste en poder sentarse en silencio a ver el mar, sin que nadie lo interrumpa a uno. Yo lo único que pido es que me dejen mirar el mar, en silencio.

El hombre moderno se ha complicado mucho la vida, sí señor. Hay una paradoja implícita en eso: cree que mientras más progrese, más se facilita la vida, y resulta que las tecnologías modernas lo que hacen es complicarle la vida más a uno. Yo lo que quisiera es decir, como fray Luis de León, “dichoso el que huye del mundanal ruido”. Yo quisiera volver a sentarme a la orilla del mar, a hablar con la gente, a leer los libros que me interesa leer, o releer, que es lo que estoy haciendo ya. Pero creo que las tecnologías y los inventos modernos hacen la vida más fácil, al mismo tiempo que la vuelven más complicada; por eso le digo que es una paradoja.

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Don Juan Gossaín se retiró de la radio en 2010.

A propósito de los libros que está releyendo, ¿cuáles son los más significativos para usted?
Mire, yo tuve una fortuna enoorrme (alarga la fonética) en la vida: llegué a esta ciudad, a Cartagena, cuando tenía apenas ocho años de edad. Llegué interno a un colegio; vine de San Bernardo del Viento a estudiar en un colegio que tenía una formidable biblioteca. Como no tenía a donde ir, como no podía salir, porque era interno, cuando terminaba clases me iba para la biblioteca. No es que me gustaran mucho los libros, al comienzo, sino que no tenía otro sitio para dónde coger. Entonces me iba a la biblioteca. Ahí empezó mi relación con los libros.

La biblioteca era tan buena que en lugar de yo ponerme a leer lo que leen los niños normalmente, de pronto Emilio Salgari, y ponerme a leer aventuras juveniles, arranqué, hágame el favor (repite y enfatiza la expresión), por Sófocles… no, por Dios: Edipo Rey, la tragedia del cadáver de Polinices, insepulto.

La verdadera libertad consiste en poder sentarse en silencio a ver el mar, sin que nadie lo interrumpa a uno.

Aprendí a lo largo de los años, después de leer tantas cosas, que el mejor escritor que ha existido en el género humano es Sófocles. El único que se le parece, en los tiempos modernos, es Shakespeare. Eso es lo que estoy releyendo. Porque estoy volviendo a leer todas las tragedias griegas. Los clásicos franceses, que son una maravilla. Mire, anoche mi mujer, mi hijo y yo, sentados, cogiendo la brisa en el balcón, estábamos hablando de los escritores franceses. Otra vez estoy leyendo a Balzac, a Víctor Hugo… estoy releyendo las cosas que me emocionaron en la vida, es la verdad.

¿No es paradójico que, a pesar de lo compleja de la vida de hoy, las nuevas generaciones parecieran caracterizarse por la superficialidad y lo anodino?
¿Sabe que ahí hay un problema de interpretación? Para poder entendernos, le propongo que hagamos una cosa, porque han sido tantos los avances y los cambios de la vida contemporánea, que ya no se puede hablar de muchachos en términos genéricos… tendríamos que hablar de niños, de adolescentes y de jóvenes.

Cada día hay más categorías humanas… cada día son más distintos los seres humanos. Un niño de 10 años hoy maneja mejor este computador que usted y que yo; bueno, mejor que yo no tiene gracia; cualquiera maneja esto mejor que yo (risas). Pero a los 15 ya está en otra cosa; a los 20 ya tiene otros intereses. Por eso me refiero a que hay que categorizar: niños, mozalbetes, o adolescentes, y jóvenes.

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Al Nobel García Márquez y a don Juan Gossaín los unió, más allá de la literatura, una gran amistad.

Óigame esto: yo creo que hay una edad, alrededor de los 15 a los 20 años, en que se vuelven triviales. Entonces creen que lo importante de la tecnología es la cloud, la nube, y poder ver amiguitas y amiguitos o las telenovelas o los emoticones; pero cuando llegan a los 20 años comprenden la importancia de esto. Retoman la importancia de la tecnología moderna, de los avances y de los progresos modernos y por eso usted puede ver hoy que los científicos son cada día más jóvenes.

En los tiempos de Leonardo da Vinci o, más modernamente, en los tiempos de Einstein, los científicos eran personas mayores de edad, porque pasaban años y años estudiando; hoy son muy jóvenes.

En conclusión, yo respondería su pregunta diciendo: son muy triviales y muy anodinos los temas que les gustan a los muchachos de hoy hasta los 20 años; a partir de ahí, se vuelven mucho más serios y eso significa que son mucho más serios a una edad más joven de lo que era antes. Antes había que llegar a los 50 años para volverse serio, hoy no.

Aprendí a lo largo de los años, después de leer tantas cosas, que el mejor escritor que ha existido en el género humano es Sófocles.

Y, hablando de características humanas, ¿cuál es la esencia del ser costeño? ¿Cómo definirlo?
Le voy a decir lo que he dicho toda la vida, luchando contra lugares comunes, contra imágenes hechas: “El costeño no se lleva por fuera, sino por dentro”.

Ya hoy, aquí en nuestra propia región, no hablamos de costeños sino de caribes. Ya hemos entendido lo que es ser caribe. Caribe no es el que más baila, ni el que se pone la camisa más escandalosa; caribe no es el que más grita; el Caribe es una actitud frente a la vida, es una manera de ser.

Mis coterráneos creen que son mejores que los demás. Creen que son los que mejor bailan, cantan y escriben; los que mejor hacen deporte, los que mejor hacen el amor… No son mejores ni peores que nadie. ¿Sabe lo que son? Son diferentes, distintos; y eso es mucho más importante.

Ahora, ¿por qué creo que son tan distintos? Déjeme y se lo resumo: porque aquí en el Caribe, no solo en el colombiano, sino en todo el Caribe americano, hay un crisol de razas; un caldero humano. Dicho en términos más elementales, es decir, más caribes: aquí lo que hay es un sancocho de gente. Mírelo y verá: aquí estaban, hasta 1492, unos indígenas o nativos. Una mañana, un amanecer de octubre, aparecieron unos europeos blancos, unos españoles.

A los pocos años aparecieron unos ingleses a hacer piratería, a ocupar tierras y a robarles a los españoles lo que trabajaban aquí. Como el Caribe es como Dios lo ha hecho, después aparecieron unos piratas franceses, como el Barón de Pointis, que vinieron a robar lo que los piratas ingleses les robaban a los españoles.

Luego llegaron colonizadores holandeses. Ahí están las islas que se tomaron en el Caribe y que todavía son holandesas: Aruba, Curazao y Bonaire.

Llegaron los negros que trajeron del África, cazados como animales, en la infamia más grande de la historia humana que es la esclavitud. Van seis: indios, españoles, ingleses, franceses, holandeses y negros.

Llegaron los chinos, a fundar lavanderías y restaurantes. Y como todavía faltaba un poquito más de gente, llegaron los míos, los árabes, que fue la última gran migración al Caribe.

¿Qué cree usted que produce ese revuelto de ocho razas? Produce un hombre nuevo; produce el hombre con el que soñaban los filósofos griegos. Aristóteles hablaba del “hombre de todos los hombres”, es decir, la mezcla de todos los pueblos. Aquí están en el Caribe. Por eso el Caribe es lindo.

Son muy triviales y muy anodinos los temas que les gustan a los muchachos de hoy hasta los 20 años; a partir de ahí, se vuelven mucho más serios y eso significa que son mucho más serios a una edad más joven de lo que era antes. Antes había que llegar a los 50 años para volverse serio, hoy no.

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Leer es una de las grandes pasiones de este eximio periodista.

Usted acaba de reseñar la amplitud del Caribe. ¿Se puede hablar de identidad costeña? ¿O hay diferencias entre las distintas subregiones?
Yo diría de una identidad caribe. Sí, la hay. Aunque es de diversa índole. Mire: en el Caribe hay regiones; por ejemplo, hay un Caribe francés, Martinica, Guadalupe…; hay un Caribe inglés, ahí están Barbados, Trinidad y Jamaica, todo eso… pero, hombre, hay un Caribe danés; ¡hasta Dinamarca se metió en el Caribe! Hay una isla que fue posesión danesa.

Eso generó una identidad caribe. Usted no se imagina cómo son de parecidos un caribe de Colombia con uno de México, por ejemplo, o de cualquiera de las Antillas… o de Cuba. Cuando uno está en las calles de Cartagena, cree que está en las calles de La Habana y viceversa; eso es una identidad.

Pero es más, ¿usted sabe hasta dónde hemos llegado? En las elecciones regionales del año pasado, en Cartagena hubo una candidata a la gobernación de Bolívar llamada Yolanda Wong; es china y negra. En Cartagena hay chinos negros… si no tuviera los ojos rasgados uno no sabría que es china, porque la piel es negra. Somos el hombre de todos los hombres. Aristóteles tenía razón (enfatiza).

¿Cuál es la mayor fortaleza y la mayor debilidad de la idiosincrasia costeña?
La mayor fortaleza es su vocación artística, ¿sabe? Su imaginación. Hay unos ejemplos que podríamos llamar paradigmáticos o ejemplares de lo que quiero decir, de la vocación artística del Caribe, mezclada con la imaginación. García Márquez es uno de ellos. Pero no solo él: los compositores de la música popular, otros escritores… Bueno, Alejo Carpentier y Cabrera Infante en Cuba… Es decir, la vocación artística es la actitud ante la vida que mejor define a los caribe. Para la pintura: ¿usted ha visto los cuadros de Alejandro Obregón? ¿Ha visto lo que es el color en esos cuadros? Ahí está todo: el azul es azul de verdad, el rojo es rojo en serio, el verde es verde…

En una novela mía, que se llama la Balada de María Abdallah, cuando la madre llega a Colombia y el padre va a esperarla al puerto de Barranquilla, en Puerto Colombia, ella le dice: “¿Aquí por qué hay tantos colores en el aire, esto qué es?” Y él le contesta la que yo creo que es la mejor definición del Caribe: “Aquí el aire está lleno de colores porque en esta tierra la luz es el color”. Eso es lo que los artistas han registrado de aquí. Es la vocación artística-literaria-imaginativa-musical-pictórica, como quiera llamarla, del hombre del Caribe.

En la costa vive el hombre de todos los hombres. Aristóteles tenía razón.

Hablando del Caribe colombiano, además del vallenato, del sombrero vueltiao, de la cumbia, del carnaval, de la gozadera, ¿qué otros elementos destacaría usted como símbolos de la cultura caribe?
Mire, me duele que usted en sus ejemplos no haya mencionado el porro de mi tierra, de Córdoba, usted que lo conoce bien… (ríe) No, no, estoy embromando; yo sé que usted puso unos ejemplos. Si uno en los ejemplos tuviera que mencionar todo, no serían ejemplos sino listado, ¿verdad? Mire: la actitud, la personalidad Caribe no se lleva por fuera, sino por dentro.

Desconfíe usted de ese que llega a un baile, en Bogotá o en Medellín, y empieza a empujar a todo el mundo para que lo vean dando vueltas por las baldosas; y ese es el que grita y zapatea… No, el hombre caribe está marcado por el mar Caribe, no me refiero al de la tarjeta postal, a cuyas orillas los turistas se toman fotografías, no; el Caribe es parte de nuestras vidas.

El Caribe es lo que define nuestras vidas, la manera de ser, incluso la melancolía. Muchos creen que los caribes andamos todo el día riéndonos, bailando, felices; eso no es verdad. Aquí la melancolía, la nostalgia, a veces el dolor físico, marca mucho a la gente. Aquí el mar es un hermano que define nuestras vidas, las orienta; ese es otro elemento del Caribe que no se puede olvidar. Por el contrario, es tan hermano de todos que hasta nombre le da a la región.

El que quiera ver el Caribe verdadero, que vaya a las pequeñas poblaciones perdidas, que se meta en las pequeñas islas, en los islotes, en los cayos que están por ahí en el mar; que hable con pescadores, que hable con gentes navegantes; eso es el Caribe.

El Caribe es lo que define nuestras vidas, la manera de ser, incluso la melancolía.

Hablemos ahora de Vallenato, usted es un vallenatólogo. ¿Ve usted en peligro esa expresión artística? ¿La declaratoria de Patrimonio Cultural e Inmaterial de la Humanidad por parte de la UNESCO ayudará a preservarlo?
Me encanta que me llame vallenatólogo, porque he dicho toda la vida que solo hay dos cosas de las que yo realmente sé, en las que soy un sabio: béisbol (el pronuncia beisból, con acento en la o) y Vallenato. Bueno, en boleros un poquito ¿sabe?

Mire: desde el primer día, es decir, desde el momento en que la UNESCO declaró al Vallenato Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, yo dije: lo más importante de esa declaratoria es lo que aquí están borrando, lo que están quitando, lo que no están mencionando. La UNESCO dijo: el Vallenato es Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, pero es un patrimonio en peligro. Eso significa que la UNESCO sabe de lo que está hablando.

Yo no creo, sinceramente, que lo que estamos haciendo hoy sea Vallenato; a la música de hoy deberían ponerle otro nombre. Lo llaman Vallenato Lírico… No. Hay cuatro ritmos vallenatos: la puya, el son, el merengue y el paseo. Si van a inventar un quinto género, que le pongan un nombre distinto. Le voy a decir qué es lo que me duele: a mí me gusta esa música, pero no es Vallenato. La veo muy liberada. Es una música muy juvenil y eso está perfecto.

Yo no soy de los viejos que creen que todo tiempo pasado fue mejor. Yo soy de los muchachos que creen que todo tiempo futuro será mejor. Es lo que mantiene vivo a un ser humano: la seguridad de que las esperanzas son mejores que los recuerdos. Pero las cosas hay que llamarlas por su nombre.

El Vallenato, y es una discusión que he mantenido siempre con mucha gente, amigos, colegas, gente que sabe mucho de esto, óigame: el Vallenato no es un género musical, como cree todo el mundo. El Vallenato es un género literario. En el Vallenato lo que vale la pena es el cuento que se está contando.

Un conjunto, que originalmente era de tres instrumentos: la caja, la guacharaca y el acordeón… ¿Se da cuenta de que ahí está la trietnia? Ahí está toda América: la caja africana, el tambor; el acordeón alemán, europeo; y la guacharaca, que es una caña de origen americano, el nativo. Eso es un conjunto musicalmente pobre. Con esos tres instrumentos lo único que usted hace es acompañar un cuento bueno.

Contar un cuento bien contado; eso es un Vallenato. Eso es lo que hoy no tenemos y a eso se refería la UNESCO. Cuidado, nos advirtió, señores colombianos: esa riqueza inmaterial enorme que es el Vallenato está en peligro, porque se está perdiendo la costumbre de contar historias como Vallenatos.

Yo no creo, sinceramente, que lo que estamos haciendo hoy sea Vallenato; a la música de hoy deberían ponerle otro nombre.

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El escritor mexicano Carlos Fuentes fue otro de gran amigo de don Juan Gossaín

Gran parte de su vida profesional la desarrolló en el interior del país, en Bogotá. ¿Considera que uno es de donde nace o de donde se hace?
Oiga este cuento, mezclando una cosa con la otra… (piensa un instante y luego dice con alborozo) Esto parece que fuera hecho por el destino; esto parece Sófocles, en serio… “nadie escapa a su destino”. Usted acaba de hablarme de Vallenatos, y ahora me pregunta que si uno es de donde nace o de donde se hace.

En mi convicción absoluta el más grande cantante de Vallenatos que ha habido es el maestro Alejandro Durán; Alejo Durán, que era mi compadre. Una vez le pregunté, porque había muchas versiones contradictorias sobre el lugar de su nacimiento: él nació en una finca de un municipio que era del Magdalena y ahora es del Cesar, ahora se llama el pueblo de El Paso, entonces se llamaba la hacienda Las Cabezas, pero vivía en Planeta Rica, Córdoba, ahí en los límites con Antioquia. La gente decía: “es de Planeta Rica, es de Córdoba, es de Cesar, es de Las Cabezas…” Un día yo le dije: “Compadre –yo le bauticé una hija, él me dio ese honor– venga, ¿de dónde es usted? ¿De Planeta Rica o de El Paso, Cesar?” ¿Sabe qué me contestó aquél sabio campesino? Me dijo: “Compadre, uno es de donde lo quieran”.

Pero no me impide eso reconocer lo que Bogotá hizo por mí. Mire, yo llegué a los 20 años. Conocía dos ciudades en mi vida: Cartagena, donde estudiaba, y San Bernardo del Viento, donde vivía. Y de San Bernardo del Viento me fui a Bogotá a trabajar a El Espectador, a una ciudad que nunca había visto. ¿Y sabe qué encontré? Brazos abiertos, una mano tendida, un plato servido, gente generosa, que me ayudó toda la vida. Yo de Bogotá no tengo sino gratitudes. No tengo más que motivos para agradecerle a Bogotá. Pero uno es de donde lo quieren.

El haber tomado distancia física aunque no espiritual de su tierra ¿le cambió en algo su perspectiva de la cultura caribe?
Ah, eso es fundamental. Hay que coger distancia para mirar bien. Nunca se ve mejor el panorama, el escenario, que cuando te alejas un poco. ¿Sabes por qué? Porque tu visión se vuelve más panorámica, más extendida. Yo desde Bogotá, por ejemplo, –también viví en Barranquilla ocho años, en Bogotá viví casi 40– lo que hice fue mirar el Caribe, desde un mirador diferente; y tal vez por eso reconozco los defectos que tenemos en la región. Es una majadería absoluta creer que no tenemos defectos, que somos perfectos, que somos mejores. Ahí aprendí que no somos mejores, sino distintos. Eso me lo enseñó la distancia.

Yo de Bogotá no tengo sino gratitudes. No tengo más que motivos para agradecerle a Bogotá. Pero uno es de donde lo quieren.

Un periodista tan avezado, agudo y reflexivo como usted, ¿sí se retira en verdad del ejercicio?
No, no. Nunca. Los periodistas son como los soldados. ¿Usted sabe la frase del general MacArthur? Cuando Douglas MacArthur regresa de la Segunda Guerra Mundial, uno de los triunfadores, el vencedor en el Pacífico, el hombre que ganó en Filipinas, en el Japón, etc., lo invitan a la Universidad de Princeton, en los Estados Unidos, a una charla sobre la vida militar.

Cuando terminó de hablar, el general se paró de la silla y se fue caminando de espaldas. Cuando llegó a la cortina del fondo la gente decía: “¿Para dónde va? No se ha despedido…” Llegó a la cortina, se tapó media cara con la tela y dijo: “Esto somos los soldados verdaderos; nunca desaparecemos por completo; no morimos; nos vamos esfumando por el fondo del escenario”. Así somos los periodistas. Uno nunca deja de serlo; yo no me retiré del periodismo, y lo dije por radio aquella mañana del 30 junio de 2010: “Me estoy retirando de la radio”. Yo quería volver a escribir. Por eso estoy escribiendo crónicas y literatura. Lo que más me gusta hacer es escribir.

¿Y tiene en ciernes alguna novela?
El escritor que le responda esa pregunta afirmativa o negativamente está mintiendo o saliendo del paso. Uno nunca sabe si lo que tiene en ciernes es una novela o no. Mire: esto es con pruebas en la mano; este es mi escritorio, donde estoy sentado ¿Sabe qué es esto? (me enseña un grueso legajo de papeles) Mire lo que dice aquí en el título: “Apuntes para una novela”. Apuntes… y ahí llevó como cuatro mil páginas. Lo que pasa es que uno nunca sabe si va a salir algo de ahí. A lo mejor, como tantas veces, un día de estos agarro todas estas hojas, hago así. (Hace ademán de rasgarlas) La caneca está muy cerca, afortunadamente, y se acabó. No, yo no sé si tenga novela o no. Lo que sí estoy haciendo son apuntes para algún día escribir una novela. Aquí está todo.

Los periodistas son como los soldados. Los soldados verdaderos nunca desaparecemos por completo; no morimos; nos vamos esfumando por el fondo del escenario (parodiando a Douglas MacArthur)

Eso quiere decir que todo acto creador, incluida la novela es un acto espontáneo…
Todo acto creador es un acto espontáneo. Usted a veces escribe sin saber para qué. Yo a veces me siento aquí –me levanto a las cuatro de la mañana, se me quedaron pegadas las sábanas de la radio– me siento aquí a escribir. A veces a mano, a veces en mi libreta, a veces en el computador… escribo una cosa que se me ocurrió. Es más, le pongo un ejemplo: (toma su smartphone) ¿Sabe para qué sirve esto, no? Sirve para tantas cosas… para mí, para escribir, por ejemplo. Por ahí, cuando voy y no tengo libreta o cosas así. ¡Un celular es tan útil que sirve hasta para llamar por teléfono! Aquí a veces se me ocurren cosas y las anoto. Le voy a soltar un ejemplo: (busca en las notas de texto del celular y lee) “Estaba al pairo, atento al soplido del viento, esperando, a la expectativa, aguardando con paciencia…” Estaba al pairo: la aprendí (la palabra) un día, de los navegantes de las Islas del Rosario, por aquí cerca de Cartagena. Estar al pairo es cuando el barco está ahí, esperando, quieto… ¡Qué lindo sería ver una persona al pairo! Se me ocurrió esa idea y ahí la anoto.

Usted me dirá ¿para una novela? ¡Yo qué sé si será para una novela o para nada! A eso me refiero, perdóneme.

El costeño no se lleva por fuera, sino por dentro.

¿Qué extraña de su niñez en San Bernardo del Viento?
¿Quiere que le conteste con absoluta franqueza? Yo no estoy seguro –a estas alturas de la vida– no estoy seguro de que haber salido de San Bernardo del Viento hubiera sido buena idea.

A veces extraño la tranquilidad del pueblo. A veces extraño mis amigos, mi gente, mis lugares. A veces me pongo a pensar y a hacer un repaso de mi vida, una especie de balance o de comprobación, como los contabilistas, y digo: “¡Caramba!, ¿No sería mejor haberse quedado en San Bernardo del Viento, vendiendo arroz, trabajando en la contabilidad de aquel molino de arroz, donde yo trabajaba cuando me ofrecieron irme al Espectador?” No estoy seguro de que haya sido bueno.

¿Sabe qué añoro? Jugar bate por la tarde. No béisbol, ojo. (Me pregunta qué es el bate y debo confesarle mi ignorancia) Había en mi tiempo de niño y de joven unas bolitas de caucho, macizas, unas bolitas con las que jugábamos. Y el bate para pegarle a la bola era el puño cerrado. A eso lo llamábamos jugar bate. Usted no se imagina lo que yo añoro volver a jugar béisbol; lo que pasa es que con esta artritis… me pongo a jugar béisbol y si me agacho no me levanto más (risas).

Hoy, viendo la vida en perspectiva, y a propósito de la respuesta que me acaba de dar, ¿le hubiese gustado desempeñar profesión distinta del periodismo?
Eso es muy curioso. Yo nunca quise ser periodista. Bueno, entiéndame bien, por favor: no estoy diciendo que rechazara ser periodista. Lo que estoy diciendo es que nunca intenté ser periodista. No era mi intención ni mi propósito. Yo quería era ser escritor, desde muy pequeño.

Cuando estaba en mi colegio, en Cartagena, en el internado del que tanto le he hablado hoy, tendría 12 o 13 años y escribí mi primer cuento; un cuento que se llamaba El ancón. Un ancón es un promontorio de tierra en la orilla del mar. En San Bernardo del Viento hay varios. Escribí la historia de un ancón de esos, donde se esconden los tesoros de los piratas. Yo lo que quería era ser escritor. Pero lo que me propusieron fue ser periodista y eso acepté. Óigame bien: hoy, en retrospectiva, lo único que quisiera es volver a ser periodista.

¿Cuál es su mayor realización y su mayor frustración en la vida profesional?
Cuando yo era director de RCN, venían los jóvenes, recién egresados de las universidades o todavía en las universidades, a hacer prácticas o a su primer trabajo los periodistas recién graduados. Venían a hablar conmigo sobre lo que serían su trabajo, su salario, sus obligaciones, todo eso. Yo me daba cuenta de que los muchachos venían con esa ilusión, con esa utopía: venían convencidos de que iban a cambiar el mundo con el periodismo. Nunca les dije: “no crean en eso”. Nunca los saqué de su ilusión. ¿Sabe por qué? Porque lo que mantiene vivo a un periodista es esa ilusión. “Mañana voy a cambiar el mundo con el periodismo”. Por eso, todo periodista que le diga: “Mi mayor realización fue ésta…” no es periodista. ¿Sabe qué le contesta un periodista?: “Mi mayor realización será que mañana cambiaré el mundo con el periodismo”.

Hoy, en retrospectiva, lo único que quisiera es volver a ser periodista.

Yo espero que esos muchachos, o yo mismo cuando tenga 97 años, sigan creyendo que mañana voy a cambiar el mundo con el periodismo. Eso es lo que mantiene vivo a un periodista. Un periodista no mira hacia atrás. Un periodista no dice: “Esto es lo mejor que he hecho; ésta fue la realización más grande”. No, un periodista siempre dice: “mañana será otro día; mañana podré lograrlo; mañana con toda seguridad cambiaré el mundo con el periodismo”. Por eso yo nunca contesto cuál fue mi mayor realización. ¿Sabe cuál fue mi mayor realización? La de mañana. Perdóneme el juego verbal con el pasado y con el futuro, pero mi mayor realización es la de mañana.

Yo espero que esos muchachos o yo mismo, cuando tenga 97 años, sigan creyendo que mañana voy a cambiar el mundo con el periodismo. Eso es lo que mantiene vivo a un periodista. Un periodista no mira hacia atrás. Un periodista no dice: “Esto es lo mejor que he hecho; ésta fue la realización más grande”. No, un periodista siempre dice: “mañana será otro día; mañana podré lograrlo; mañana con toda seguridad cambiaré el mundo con el periodismo”.

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