• La vida es un océano

La vida es un océano

Colombia tiene más de 1.300 kilómetros sobre el océano Pacífico. Allí la vida se mece al compás de la marea, un sube y baja eterno que marca el ritmo de miles de familias que dependen del mar.

 

Por: Ferney Díaz Castañeda. Tomado de la página: wwf

Édgar Mancilla lleva décadas embarcándose cada mañana con su nylon, sus redes, sus anzuelos y sus carnadas. A sus 52 años, al igual que todos los de su generación, sus días han pasado en altamar. Tiene barba corta y blanca, es fuerte y ágil, y tiene una sonrisa tatuada sobre su rostro. Vive en Bazán, un corregimiento del municipio de El Charco, en Nariño. Mancilla no usa zapatos pero anda erguido y sin quejarse un solo instante, aunque el suelo esté caliente o resbaloso.

Pocos conocen su verdadero nombre, siempre lo han llamado Panadero, un apodo que se ganó cuando trabajaba junto a su madre, una experta en el arte del rodillo, las masas y las tortas. Sin embargo, el negocio murió con ella, pues Édgar nunca se sintió a gusto con el calor del horno y le cuesta imaginar un trabajo donde no sienta el sol, la brisa del mar y la libertad de los horizontes sin fin.

Cada frase suya son mensajes que se camuflan entre las palabras para motivar a otros a seguir su camino, y no precisamente el de la fe que lleva como un estandarte, sino el de la conciencia, esa que le recuerda que ni el mar, ni la pesca, ni la gente es la misma de antes. Habla sin prisa y cuenta desde su lancha: “Mi abuelo nunca tuvo que venir tan lejos para encontrar comida y si seguimos así vamos a acabar con la poquita que nos queda”.

Para un pescador, cada lance de un trasmallo o una línea de pesca al agua es una nueva oportunidad, como si la vida se jugara todos los días, a la expectativa de qué pueden traer las redes o los anzuelos sumergidos en el mar. En su faena, Panadero saca uno a uno los anzuelos, algunos enredados con basura, otros con pescado y otros con una carnada a medio comer, por algún animal de las profundidades.

Siempre ha pescado con anzuelos tradicionales, sin embargo hace unos años comenzó a probar unos nuevos, que al principio le generaban desconfianza. Ahora, no los puede dejar.

“Cambiar de anzuelos fue una bendición. Estamos conservando vida y donde se conserva vida, hay más vida” dice Panadero, quién hizo parte de un programa de intercambio de anzuelos y que ha visto cómo ese paso le ha traído grandes beneficios: pescados más grandes y menos captura de tortugas marinas, especies amenazadas que ahora se siente responsable de conservar.

Cuida cada anzuelo como un tesoro, no solo porque el costo es cuatro veces mayor al de uno tradicional, sino porque la conservación se convirtió en su forma de vida: “el anzuelo circular es selectivo y nos ayuda a conservar a largo plazo las especies”. A sus 52 años se siente responsable de dejarle una herencia a sus cinco hijos, no con dinero, porque de ese no hay mucho, pero sí con ejemplo, que digan de él que creyó e hizo algo por entregarles un mar donde aún había peces que comer.

 

“Cambiar de anzuelos fue una bendición. Estamos conservando vida y donde se conserva vida, hay más vida”

 

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