Palenqueras, con la tradición a la cabeza

Palenqueras, con la tradición a la cabeza

Por: Víctor Menco Haeckermann

¡Alegría, cocada, enyucado, caballito!”, es el canto callejero que ha arrullado a muchas generaciones de cartageneros. Las autoras de este y otros pregones, como “¡Platanito!” son las palenqueras, originarias de San Basilio de Palenque, una antigua empalizada fundada por los esclavos negros que huyeron de Cartagena en el siglo XVI. Los nativos de este pueblo estuvieron aislados por décadas, producto del temor que les infundían los hombres “blancos”. Esto les permitió la cocción a fuego lento de una cultura con rasgos distintivos en cuanto al idioma, la música, las prácticas médicas, la organización social y diversos ritos. Su lengua es un criollo, mezcla de español con lenguas bantúes y portugués, entre otros idiomas de los esclavistas europeos; y lo mejor de todo: un cantado característico, bastante calmado, que se percibe en los pregones de las vendedoras ambulantes que provienen de este pueblo.

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Las palenqueras caminan las calles de Cartagena pregonando sus productos, que llevan en una ponchera sobre la cabeza.

En la Plaza de Bolívar de Cartagena, encontramos a una de ellas, María Márquez, una mujer de generosa sonrisa, que parece poner un toque de felicidad en cada uno de sus movimientos. Allí departe con sus coterráneas del mismo oficio, en idioma palenquero, vestidas todas con trajes de colores vivos. Valga aclarar que en Cartagena la palabra ‘palenquera’ no sólo designa el origen sino el oficio, pero entre ellas son simplemente vendedoras.

Con tan sólo 15 años, la dificultad económica la obligó a asumir uno de los oficios más difíciles que hay: pregonar alimentos para la venta, los que lleva en una pesada palangana sobre la cabeza, a temperaturas de hasta 40°C por más de cinco kilómetros. Esta forma de llevar la mercancía requiere de una experticia, adquirida por estas mujeres incluso antes de los 10 años de edad. Al preguntarle si se pone algo para que no le duela la cabeza con la palangana afirma: “Nada, eso está aquí en la mente. Porque si tú sales de aquí pensando: ‘Tengo dolor de cabeza’, aunque no lo tengas, ahí está. Pero si tú te concentras en que vas a estar relajado, te mantienes feliz”. Esa actitud es lo que, según ella, la ha mantenido estos 53 años llena de ‘alegría’, por usar una palabra más propicia.

El pueblo palenquero es un patrimonio de cultura no solo para Bolívar sino para el país. A pesar de ello viven en medio de carencias y en una lucha constante por sobrevivir y por mantener el legado de tradición que han recibido.

Los palenqueros, de otro lado, no la tienen fácil, como mucha gente de Cartagena suele pensar al no verlos en las calles. Se dedican al cultivo de las tierras en Palenque, cuyos productos ellas también comercian en Cartagena, sobre todo la yuca. Así las cosas, existe una alianza estratégica que les ha permitido sacar adelante sus familias.

Sin embargo, no todos los alimentos que ellas venden son extraídos de las tierras o hechos por manos palenqueras (como los dulces ya mencionados). Al comienzo, María compraba los platanitos (guineos) en el Mercado de Bazurto y de allí se iba a trabajar al barrio el Socorro. También ejerció su labor en varios pueblos de Bolívar y Atlántico y hasta llegó a Cúcuta.

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Productos elaborados y de pan coger son la mercancía con cuya venta las palenqueras procuran el sustento para sus familias

La pobreza, el racismo, el aislamiento; todos estos son factores que han marcado la vida de María. Recientemente, en un evento en un crucero, fue víctima de discriminación: “Allí estaba una canadiense, y cuando su hermana le preguntó si se quería tomar una foto conmigo, hizo un desaire horrible”. Un trabajador del crucero le dijo: “María, no le dé mente a eso, que usted sabe que nosotros los negros somos fuertes y resistentes”. Y ella, le dijo que estaba tranquila. Luego vinieron otros canadienses a tomarse fotos con ella. Cuando el evento se acabó y María estaba a punto de irse, la señora del desaire se le acercó a pedirle la foto a ella y a su compañera. “Y se la dimos, para que se dé cuenta de que lo que ella creía que era horrible va a ser felicidad cuando ella llegue a su casa y coloque el cuadro”.

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as denominadas “palenqueras” caminan las calles de Cartagena, con sus palanganas sobre la cabeza y pregonando los diferentes productos, de cuya venta derivan el sustento.

Entre cruceros, Centro Histórico y flashes trascurre su vida en estos momentos. No es mucho lo que gana económicamente, pero siente la satisfacción de haber educado a su hija para que “no se quede bruta”, como ella misma se describe de manera jocosa. Atrás quedaron las largas caminatas, que ahora protagonizan las nuevas generaciones. “Ahora me establecí acá, porque quería estar cerca de mis hijos”, en una plaza donde tiene cierto respeto y departe con sus colegas. Ni la Policía ni la Gerencia de Espacio Público y Movilidad del Distrito la desalojan porque, en sus palabras, “Nosotras somos patrimonio. Somos intocables”.

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