• Taganga: la bahía prometida

Taganga: la bahía prometida

Su nombre, que en lenguas indígenas podría significar ‘serranía de las serpientes’ o ‘donde se adentra el mar’, resume bastante bien lo agreste y lo singular de este paraje del Caribe colombiano.

 

Por: Víctor Menco Haeckermann. Redacción y fotografías.

 

Rodeado por montañas tanto tupidas como desérticas, en las que se yerguen imponentes cactus, el pueblo de Taganga goza de una vista con tinte californiano, donde sobresale una bahía de pescadores. Desde abajo, se contemplan casas, hoteles artesanales y clubes nocturnos que coronan las colinas. Todo lo anterior, sumado a su perpetuo clima veraniego, lo convierte en un destino turístico que seduce a nacionales y a extranjeros. Su nombre, que en lenguas indígenas podría significar ‘serranía de las serpientes’ o ‘donde se adentra el mar’, resume bastante bien lo agreste y lo singular de este paraje del Caribe colombiano.

 

Historia, naturaleza y rentabilidad

A tan sólo diez minutos en automóvil o veinte en bus desde Santa Marta (primera ciudad fundada por los españoles en la Suramérica continental y tumba del Libertador Simón Bolívar), Taganga goza de una ubicación turística excepcional. Por tratarse de un pueblo económico, pero con unas playas de lujo, muchos de los llamados “mochileros” asumen Taganga como base de sus expediciones por el departamento del Magdalena: la Sierra Nevada de Santa Marta (el pico más alto del mundo junto a una playa), Minca (un pueblo a 650 msnm con un río cristalino), Ciudad Escondida (la cual data del siglo VII aproximadamente), y el Parque Tayrona, a cuyas playas de agua cristalinas pueden ir en bote en tan sólo 45 minutos (en un paseo por el borde de exuberantes cadenas montañosas), para los que quieren evitar la caminata de varias horas que parte de la entrada del parque.

 

Extranjeros residentes

La cultura internacional que se ha creado, de la que los cafés, los restaurantes y hoteles dan muestra, permite que cualquier foráneo se sienta como en casa. Los locales reciben de muy buena manera al visitante, y éste, por su parte, corre el riesgo de quedarse, por usar las palabras de un famoso eslogan turístico. Eso sí, también hay inseguridad, por lo que se recomienda no andar a pie por entre las calles polvorientas del pueblo a altas horas de la noche y evitar el uso de pertenencias demasiado costosas a la vista de todos.

Como si fuera una tierra prometida, cientos de extranjeros han creado lazos que les permiten vivir y tener negocios prósperos, sobre todo, relacionados con el turismo. No en vano existe una colonia de israelitas, y hay hoteles que anuncian su información con inscripciones en hebreo, además de inglés y español. “Esto ya es Tel Aviv”, comenta un bogotano que también se ha quedado a vivir, pero de la música. Otras de las nacionalidades más comunes son argentina, alemana e inglesa. Precisamente, una londinense que toma el sol admite haber venido sola a conocer el pueblo por sugerencia de sus amigos. Amante del sol, ella dice que puede estarse todo el día bronceándose a orilla del mar, pues, según dice, en su país “el sol no sale con frecuencia”.

 

Vida marina

Taganga es bien conocida por las escuelas de submarinismo, que conducen a los visitantes a sumergirse en las faldas de las montañas que bordean el Tayrona y los alrededores de la Isla Aguja. En estas aguas descubren su famosa diversidad marítima, compuesta por moluscos, crustáceos, algas y corales. Por su parte, además de la playa principal, figuran las de Sisiguaca y Playa Grande, en las que se pueden degustar buenos platos de pescado a diez mil pesos (unos cuatro dólares estadounidenses), deportes náuticos y cálidas aguas verdeazuladas.

 

Otras actividades

Llegada la noche, la actividad en el pueblo como tal no es mucha, aparte de los restaurantes y cafés. En torno a la playa gira una vida nocturna más bien bohemia. Para los que buscan más acción, están los ‘clubs’ con vista al mar, instalados en las laderas de los cerros, a los que se acceden por pendientes en carros diminutos. Allí, se puede ir a escuchar y a bailar ritmos tropicales, o simplemente contemplar cómo se extiende la inmensa noche sobre el lecho marino mientras el viento acaricia la piel quemada durante el día.

Aunque sus carencias y problemas sociales son palpables, las razones para enamorarse de Taganga son muchas. Como todo pueblo típico de pescadores de Colombia, tiene ese encanto provinciano tan apetecido por las almas libres.

 

Como si fuera una tierra prometida, cientos de extranjeros han creado lazos que les permiten vivir y tener negocios prósperos en Taganga, sobre todo, relacionados con el turismo.

 

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